Donde la luz se esconde
Hay joyas que reposan sobre la palma, suaves como agua que roza la piel, emitiendo un brillo tenue, apenas visible en la penumbra. Foto de Yukon Haughton en Unsplash A veces, no es que su luz sea débil. Es que los ojos que las miran carecen de la hondura necesaria para distinguir un destello en lo sutil. Hay fulgores que se pliegan hacia adentro, como pétalos que se cierran al tacto del viento helado. Nada pasa más desapercibido que una joya en la mano de alguien que no sabe cómo mirarla. Texturas suaves, frías como agua quieta en invierno, esperando la calidez de una mirada que sepa detenerse. No es debilidad. Es instinto de conservación. Guardar la luz es evitar que se desgaste en manos incapaces de sostenerla sin grietas. Porque hay pieles demasiado ásperas para tocar lo delicado. Y hay miradas tan opacas que convierten el brillo más puro en silencio mineral. La joya sigue siendo joya, aun cuando se oculte en sombras propias. Su fulgor late bajo la super...