Donde la luz se esconde

Hay joyas que reposan sobre la palma,
suaves como agua que roza la piel,
emitiendo un brillo tenue,
apenas visible en la penumbra.


Foto de Yukon Haughton en Unsplash

A veces, no es que su luz sea débil.

Es que los ojos que las miran
carecen de la hondura necesaria
para distinguir un destello en lo sutil.

Hay fulgores que se pliegan hacia adentro,
como pétalos que se cierran al tacto del viento helado.

Nada pasa más desapercibido
que una joya en la mano
de alguien que no sabe cómo mirarla.

Texturas suaves,
frías como agua quieta en invierno,
esperando la calidez de una mirada
que sepa detenerse.

No es debilidad.
Es instinto de conservación.

Guardar la luz
es evitar que se desgaste
en manos incapaces de sostenerla sin grietas.

Porque hay pieles demasiado ásperas
para tocar lo delicado.

Y hay miradas tan opacas
que convierten el brillo más puro
en silencio mineral.

La joya sigue siendo joya,
aun cuando se oculte en sombras propias.

Su fulgor late
bajo la superficie,
esperando manos templadas,
pacientes,
dispuestas a sostener sin temor
lo que corta y lo que ilumina.

Algún día, el brillo encontrará refugio
en ojos que sepan verlo
sin parpadear.


**Si alguna vez sentiste que tu luz se escondía
por no encontrar manos que supieran sostenerla…

Cuéntamelo.

Aquí, tus palabras tienen espacio para brillar.**

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Cicatrices que florecen: el arte de sanar

Entre Mundos

La mente es el mundo: una visión desde la conciencia profunda