El peso del miedo
"Cuando el miedo se vuelve peso, y el cuerpo recuerda lo que la mente olvida."
Ahora mismo, el miedo se sienta sobre mí como piedra fría, imposible de ignorar. Se nota cuando respiro, cuando me muevo, cuando pongo atención: cada gesto lo despierta y lo hace más denso. No es solo pensamiento; es peso en la piel, en los músculos, en los huesos, un recordatorio silencioso de que algo quedó atrapado dentro.
Es como si mi cuerpo recordara cada instante en que sentí temor, y lo mantuviera vivo, como un animal quieto que no quiere irse. Lo siento pesado y presente, tangible, difícil de mover o ignorar. Y al mismo tiempo, observarlo me hace consciente de mí misma, de la densidad de este momento, de la forma en que el miedo puede habitar sin pedir permiso.
Mi cuerpo se ha tornado como un niño pequeño, encogido, temeroso, que necesita ser reeducado para sentirse seguro. Cada movimiento, cada gesto de atención y cuidado, es una forma de enseñarle que puede existir sin miedo, que puede respirar y estar presente sin aplastarse bajo la piedra que lleva dentro.
Y quizá eso es lo que el miedo nos enseña: que dentro de nosotros hay algo delicado y frágil que merece ser visto, cuidado y acompañado. Que no siempre se trata de vencerlo o ignorarlo, sino de volvernos presentes para ese niño pequeño, y sostenerlo mientras aprende a sentirse seguro dentro de su propio cuerpo.
Como un bosque donde cada hoja tiembla al viento, el miedo vibra, se mueve, nos recuerda que estamos vivos. Y si nos detenemos a observarlo, a sentirlo sin huir, descubrimos que esa presencia pesada también nos habla de cuidado, atención y amor por nosotros mismos, como un eco que nos invita a volver a casa con nuestro propio cuerpo, con nuestro propio niño interior.
Comentarios
Publicar un comentario